26 DE JUNIO, SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ
El Papa Juan Pablo II denominó a san Josemaría « santo de lo ordinario ». Dedicó su vida a devolver a la idea de la santidad humana, la universalidad que siempre debió tener. Es el eco de las palabras de san Pablo: "Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación".
Antonio Orozco Delclós
Arvo Net
Se celebra hoy en la Iglesia el Santo Sacrificio Eucarístico en alabanza agradecida a Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo- por todos sus beneficios y, en particular, por el don que nos ha hecho, a la Iglesia y al mundo entero, con la vida, obra y mensaje de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei.
Beatificado por S.S. Juan Pablo II el 17 de mayo de 1992, fue canonizado el 6 de octubre de 2002 por el mismo Papa, en la Plaza de San Pedro, ante casi medio millón de personas llegadas de todo el mundo.
El Romano Pontífice denominó a san Josemaría «santo de lo ordinario». ¿Por qué quiso resaltar el Santo Padre esa faceta esencial de la vida y del mensaje del fundador del Opus Dei? San Josemaría, por inspiración divina (cfr. Bula "Ut sit"), el 2 de octubre de 1928 fundó el Opus Dei y dedicó su vida a devolver al ideal de la santidad humana propuesto por el mismo Jesucristo, la universalidad que siempre debió tener. «Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Ts 4, 3). Circunstancias complejas la habían reducido a tarea de excepción, para personas excepcionales, en circunstancias de vida excepcionales y conseguida a través de hechos excepcionales. Durante siglos, el arte, la literatura y también la predicación habitual había representado la santidad como ideal al que podían acceder solo poquísimas personas cuya vida estaría marcada por los rasgos de lo extraordinario, lo inusitado, incluso lo raro. El pleno amor de Dios y las virtudes que forman el tejido de la santidad exigirían obras extraordinarias, momentos estelares o situaciones sumamente dramáticas de la existencia. El resultado podía ser con frecuencia el desdén por lo cotidiano, el desinterés, hasta la irresponsabilidad en los asuntos de este mundo, por lo que muchos, exagerando, sacando las cosas de quicio, todavía acusan a la Iglesia.Rescatar el ideal de la santidad del marco de esa excepcionalidad fue, me parece, la revolución que san Josemaría cumplió en la Iglesia de nuestro tiempo. La grandeza de alma y de corazón, las virtudes heroicas, no están atadas a circunstancias extraordinarias, ni a una extraordinaria inteligencia, ni a cualidades excelentes debidas a «genes» excelentes.
«Pienso – decía en cierta ocasión san Josemaría- - que causan mucho mal a los cristianos esas biografías de santos en las que no se habla más que de cosas extraordinarias, de milagros llamativos..., y no nos relatan nada de la vida interior de aquella persona, que fue – como tú y como yo – una criatura con defectos, con miserias. No nos cuentan sus luchas, ni sus derrotas, ni sus victorias. No se nos dice que, a veces, ¡trepidaban!; no se nos enseña que eran hombres o mujeres de carne y hueso. Parecen seres de otro planeta. Y no es así. Las vidas de los santos – lo que deberían recoger las verdaderas biografías – han sido como la tuya, como la mía. Eran borriquitos de Dios, que luchaban, trabajaban, sufrían, vencían ... y eran vencidos; pero entonces se alzaban rápidamente y continuaban la pelea. Personas que se fijaban en el detalle, con amor...Éste es el camino, y no hay otro, para alcanzar la santidad.»
En el documento de clausura del Jubileo del año 2000, Juan Pablo II afirmaba: “agradezco al Señor que me haya concedido beatificar y canonizar en estos años tantos cristianos y, entre ellos, a muchos laicos que se han santificado en las condiciones más ordinarias de la vida” (Nuovo millennio ineunte, 31). No han faltado mentes «ingeniosas» que han pensado que con tantas canonizaciones, Juan Pablo II rebajó «el listón» de la santidad. Lo cual indica una vez más la ignorancia que existe todavía acerca de la santidad, así como la urgencia de extender por todo el mundo el mensaje de San Josemaría: encender la estimulante esperanza de ser santos en los corazones de todas las personas sin excepción, a pesar de todos los defectos y miserias que podamos tener.
Nos decía a una muchedumbre de unas cuarenta mil personas que nos encontrábamos en el campus de la Universidad de Navarra, un día azul de octubre de 1967: « (...) debéis comprender ahora – con una nueva claridad – que Dios os llama a servirle "en y desde" las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana; en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay "un algo" santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir ». Y continuaba: « (...)o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca » (Conversaciones, 114).
Las consecuencias de esta afirmación son numerosas y de gran calado. Una de ellas es un nuevo modo de ver la realidad inmediata, humana, en la que solemos movernos, que consiste precisamente en ver - con los ojos de la fe - a Dios, en todo momento, en cada momento, en las más variadas circunstancias de nuestra vida en este mundo. Por contraste, advertía san Josemaría que «es fácil que la imaginación se desate y busque un refugio en la fantasía que, alejando de la realidad, acaba adormeciendo la voluntad. Es lo que repetidas veces he llamado la "mística ojalatera", hecha de ensueños vanos y de falsos idealismos: ¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esa profesión, ojalá tuviera más salud, o menos años, o más tiempo!» (Conversaciones, 88).
¡Ojalá mis circunstancias fueran distintas!. No, esto es una evasión, una huida, cristianamente nefasta, de la realidad humana. El aquí y el ahora de la propia existencia es la ocasión para intentar ser mejor. La situación que se nos antoja «ideal» no existe ni existirá. La situación en la que ahora realmente nos encontramos es justamente la que el Señor juzga ideal para hacernos santos; la que Él convierte en ideal aunque a nosotros nos cueste reconocerlo o nos llene de asombro.
«Sabedlo bien: hay "un algo" santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir». Y continúa: «No hay otro camino( ...): o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo». (Conversaciones, 114)
Materializar la vida espiritual: concretar en la vida diaria cómo agradar a Dios, con qué pensamientos, palabras, obras. Dios nos ha dado a cada uno de sus hijos una capacidad maravillosa, que es esta: dar sentido humano, espiritual, trascendente, a lo más material:
«Una pequeña cosa hecha por Amor, ¡cuánto vale!», nos repetía constantemente san Josemaría. «Las obras del Amor son siempre grandes, aunque se trate de cosas pequeñas en apariencia» (Es Cristo que pasa, 44). «Hacedlo todo por Amor. -Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. -La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo.» (Camino 813). «¡Podéis transformar en divino todo lo humano, como el rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba!» (Amigos de Dios, 221). «Al reanudar tu tarea ordinaria, se te escapó como un grito de protesta: ¡siempre la misma cosa! / Y yo te dije: -sí, siempre la misma cosa. Pero esa tarea vulgar -igual que la que realizan tus compañeros de oficio- ha de ser para ti una continua oración, con las mismas palabras entrañables, pero cada día con música distinta. / Es misión muy nuestra transformar la prosa de esta vida en endecasílabos, en poesía heroica. (Surco, 500).
Recordemos en fín estas palabras antológicas: «Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...» (Conversaciones, 116)
Considerábamos hace pocos días que Dios nos hace partícipes de su Amor y nos da el poder de conmoverle, ¡a Él!. Hacemos un pequeño sacrificio, un trabajo bien hecho, acabado y le decimos: «¡es para Ti!». Y Dios se conmueve, y nos aprieta contra su Corazón de Padre enamorado. Esto es unirse a Dios, y por tanto, santificar el trabajo y santificarse en el trabajo cotidiano y en el cumplimiento de todos los deberes ordinarios, en todo momento: «Es para Ti». Por eso, San Josemaría consideraba que un trozo de madera o de hierro trabajado por un hijo de Dios es una cosa muy «espiritual», y que es propio de los hijos de Dios hacer «endecasílabos de la prosa de cada día».
Así todo puede y debe llevar a Dios, las pequeñas o grandes peripecias de los hombres dejan de ser intrascendentes y todo proyecto humano puede convertirse en un modo de relacionarse con Dios, es decir, literalmente, en oración. El trabajo es medio de santificación, la acción misma del trabajo tiene «vibración de eternidad».
La búsqueda del “algo” santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada cristiano descubrir, no es cosa -claro es- de un esfuerzo meramente humano. Se precisa una cooperación estrecha entre la acción humana y la acción divina. Pero San Josemaría nos hace ver que ese “algo divino” está ya ahí, esperando que el hombre sepa encontrarlo. Ese mundo real donde nos movemos habitualmente es la materia que se nos ofrece para santificar y santificarnos, la misma materia con la que cada uno de nosotros se enfrenta cada día, la propia existencia cotidiana, que ha de estar llena, en todos sus momentos, de la trascendencia de Dios.
Si acudimos confiadamente a san Josemaría, si vamos conociendo su vida y sus enseñanzas, veremos cómo nos va llevando como por un plano inclinado a la mayor unión con Dios (Amor), a través del trabajo profesional y de los deberes ordinarios del cristiano. Seremos sal y luz de este mundo. Y contribuiremos a crear una nueva primavera para la Iglesia, y la paz de Cristo llenará el mundo.
Con san Josemaría aprenderemos también a querer más a la Madre de Dios y Madre nuestra; y con Ella, lo que se nos antoja tan difícil, nos resultará mucho más fácil de lo que imaginamos. «¡Todos santos!».